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Europa no ha podido perder la memoria

Me desperté en medio del desierto, estaba amaneciendo y me senté en la arena. Llevaba ya tres semanas en este campamento improvisado esperando que nos viniesen a recoger; uno de los traficantes nos aseguró que llegaría un camión para llevarnos hasta la frontera con Europa, lo que supondría casi el final del viaje. Hace tres años salí de mi aldea y llevo atravesados seis países. Me han robado varias veces y ya no me queda dinero para llamar a casa. He hecho alguna amistad, y he pasado buenos ratos, pero en general está siendo muy difícil: camina durante días, esconderse, escapar de la policía, dejarse robar, hacer trabajos durísimos para tener algo que meterse en la boca, ser invisible… Eso es, llevo tres años siendo transparente, moviéndome como una sombra, viviendo en un mundo paralelo. Dicen que cuando lleguemos a Europa todo habrá merecido la pena, pero ya he conocido a dos personas haciendo el camino de vuelta. Dicen que no nos quieren allá. Dicen que han cerrado las puertas a cal y canto como si fuese de una fortaleza. Dicen que se han olvidado ya de cuando ellos buscaban ayuda. A ellos los persiguieron y los trituraron también. Vivieron en campos de concentración y emigraron. Millones de ellos. Tienen la memoria de gelatina. Ahora que nos movemos nosotros las reglas han cambiado. No sé si será cierto, es lo que he oído. Yo no puedo volver a casa, todos esperan que les mande dinero y que les proteja. No tengo nada que hacer allí. Necesito atravesar la línea y empezar a vivir. El sol asciende rápido. El frescor de la noche se ha difuminado. El campamento ha despertado en silencio, no hay mucho que mover. Decenas de hombres se sientan mirando a la pista que atraviesa la montaña. Todos aprietan los puños esperando que aparezca el camión. Yo pienso en el futuro. Pienso en que Europa no ha podido perder la memoria.   J.E. Éste ha sido el trabajo ganador de la categoría de adultos del Concurso de MicroRelatos 2016

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Donde radica la felicidad

  Me desperté en medio del desierto, estaba amaneciendo y me senté en la arena a desayunar, como todos los días, junto a mi familia. Hola me llamo María y tan solo tengo 12 años. Tampoco os quiero aburrir, pero os voy a contar un poco y brevemente como es mi vida día a día en el desierto del Sahara, exactamente en Mauritania. No sé sabéis que el Sahara es el desierto más cálido del mundo, y con un clima inestable, ya que durante estos años no se mantiene ni húmedo ni seco. Bueno, que me desvío del tema. Todos los días mi familia y yo nos levantamos al aparecer el sol, y nos disponemos a desayunar todos juntos. Pero no penséis que desayunamos tostadas, leche… No, no, no, nosotros desayunamos en el suelo dentro de las jaimas (así llamamos a nuestras casas) y para desayunar tomamos arroz y como mucho con agua. Nosotros tampoco tenemos una súper escuela con profesores, si no unas piedras y gente que sabe más que nosotros, y que se ofrece a ayudarnos para aprender. Ahora os voy a contar que hago durante el día. En primer lugar me levanto y les preparo el desayuno a mis hermanas para ir a clase. Luego caminamos 8 kilómetros para llegar a la escuela. Allí estamos 2 ó 3 horas, ya que compartimos con niños y niñass mayores que nosotros. A la hora del recreo solemos jugar con piedras, cuerdas o cosas que nos encontramos por el camino a clase. Al salir tenemos que caminar otros 8 kilómetros para volver a casa. Al llegar les preparo la comida a mis hermanos, ya que nuestra madre trabaja y bueno… nuestro padre… se fue. Tras terminar de comer, descansamos un rato y me pongo a jugar con mis hermanos. Ahora pensaréis ¿no tenéis móvil, tele o juguetes? Pues no y con esto también os respondo a la pregunta de “¿y sois felices?” Para ser feliz no hay que tener aparatos electrónicos o juguetes. Para ser feliz nos tenemos que tener los unos a los otros en lo bueno y en lo malo, sea para lo que sea, ¿O… no pensáis así? Y.L. Éste ha sido uno de los trabajos ganadores de la categoría media del Concurso de MicroRelatos 2016  

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Me quedé muda de tanto chillarle al viento

  Me desperté en medio del desierto, estaba amaneciendo y me senté en la arena… Hacía días que había decidido escapar, quería ser libre, quería respirar, quería dejar de sufrir, es difícil llevar una vida pesada que no te deja avanzar. Nunca me había atrevido a andar por mi cuenta, ni siquiera se me había pasado por la cabeza hacer esto, pero me he dado cuenta de que es bueno tener alas y poder decidir por ti mismo lo que quieres sin que nadie intente cambiarte. Decidí ir al desierto porque es una zona aislada, sin nadie que pueda molestarme ni puede intentar dañarme, el desierto es infinito, espacioso, solitario y es el sitio con el que siempre había soñado. En mis sueños todo era perfecto, hasta parece real porque en ellos puedo bailar, gritar, pensar, reír hasta llorar, llorar hasta quedar agotada, sentirme bien, sin ninguna carga en la espalda, y sobre todo puedo caminar recta, con la espalda ligera de preocupaciones. De repente e quedé mirando a un punto fijo y me di cuenta de que me sentía sola y que escaparse no es tan bueno. Empezó a invadirme una sensación de pánico y todos mis miedos empezaron a seguirme. Tenía ganar de llorar y en cuanto tuve mínima intención de de gritar… Me quedé muda de tanto chillarle al viento. A.R Éste ha sido uno de los trabajos ganadores de la categoría media del Concurso de MicroRelatos 2016   

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