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Donde radica la felicidad

 

Me desperté en medio del desierto, estaba amaneciendo y me senté en la arena a desayunar, como todos los días, junto a mi familia.

Hola me llamo María y tan solo tengo 12 años. Tampoco os quiero aburrir, pero os voy a contar un poco y brevemente como es mi vida día a día en el desierto del Sahara, exactamente en Mauritania. No sé sabéis que el Sahara es el desierto más cálido del mundo, y con un clima inestable, ya que durante estos años no se mantiene ni húmedo ni seco.

Bueno, que me desvío del tema. Todos los días mi familia y yo nos levantamos al aparecer el sol, y nos disponemos a desayunar todos juntos. Pero no penséis que desayunamos tostadas, leche… No, no, no, nosotros desayunamos en el suelo dentro de las jaimas (así llamamos a nuestras casas) y para desayunar tomamos arroz y como mucho con agua. Nosotros tampoco tenemos una súper escuela con profesores, si no unas piedras y gente que sabe más que nosotros, y que se ofrece a ayudarnos para aprender.

Ahora os voy a contar que hago durante el día. En primer lugar me levanto y les preparo el desayuno a mis hermanas para ir a clase. Luego caminamos 8 kilómetros para llegar a la escuela. Allí estamos 2 ó 3 horas, ya que compartimos con niños y niñass mayores que nosotros. A la hora del recreo solemos jugar con piedras, cuerdas o cosas que nos encontramos por el camino a clase. Al salir tenemos que caminar otros 8 kilómetros para volver a casa. Al llegar les preparo la comida a mis hermanos, ya que nuestra madre trabaja y bueno… nuestro padre… se fue. Tras terminar de comer, descansamos un rato y me pongo a jugar con mis hermanos.

Ahora pensaréis ¿no tenéis móvil, tele o juguetes? Pues no y con esto también os respondo a la pregunta de “¿y sois felices?”

Para ser feliz no hay que tener aparatos electrónicos o juguetes. Para ser feliz nos tenemos que tener los unos a los otros en lo bueno y en lo malo, sea para lo que sea, ¿O… no pensáis así?

Y.L.
Éste ha sido uno de los trabajos ganadores de la categoría media del Concurso de MicroRelatos 2016

 
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Me quedé muda de tanto chillarle al viento

 

Me desperté en medio del desierto, estaba amaneciendo y me senté en la arena… Hacía días que había decidido escapar, quería ser libre, quería respirar, quería dejar de sufrir, es difícil llevar una vida pesada que no te deja avanzar. Nunca me había atrevido a andar por mi cuenta, ni siquiera se me había pasado por la cabeza hacer esto, pero me he dado cuenta de que es bueno tener alas y poder decidir por ti mismo lo que quieres sin que nadie intente cambiarte. Decidí ir al desierto porque es una zona aislada, sin nadie que pueda molestarme ni puede intentar dañarme, el desierto es infinito, espacioso, solitario y es el sitio con el que siempre había soñado. En mis sueños todo era perfecto, hasta parece real porque en ellos puedo bailar, gritar, pensar, reír hasta llorar, llorar hasta quedar agotada, sentirme bien, sin ninguna carga en la espalda, y sobre todo puedo caminar recta, con la espalda ligera de preocupaciones.

De repente e quedé mirando a un punto fijo y me di cuenta de que me sentía sola y que escaparse no es tan bueno. Empezó a invadirme una sensación de pánico y todos mis miedos empezaron a seguirme. Tenía ganar de llorar y en cuanto tuve mínima intención de de gritar…

Me quedé muda de tanto chillarle al viento.

A.R
Éste ha sido uno de los trabajos ganadores de la categoría media del Concurso de MicroRelatos 2016
  
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El papel de la soledad

Me desperté en medio del desierto, estaba amaneciendo y me senté en la arena… cuando sentí un fuerte dolor de tripa. Pensé que era simplemente un dolor por deshidratación, pero no, pasaban los días y el dolor iba aumentando, yo estaba sólo y no sabía que hacia allí…
Al ver que no se me iban dolores decidí avanzar hacia delante, sin saber a dónde llegaría… Estaba tirado en la arena cuando de repente un fuerte viento arrastrando la arena hacia mi cara me cubrió. Cuando este pasó veía borroso pero cada vez se me iba aclarando la vista.
Sabía que tenía que continuar, aunque el calor era sofocante y el cansancio cada vez era mayor… La desesperación aumentaba porque seguía solo, no había nadie, seguí con mi lucha sin obtener resultados, hasta que me di cuenta que no podía hacer mucho más, así que me paré, descansé y dejé que la noche pasara pensando que algo bueno iba a pasar y todo esto iba a mejorar.
Al despertar me encontré en una aldea, limpio, en una cama, y rodeado de gente ayudándome… Se pusieron muy contentos al verme despertar…
Al final gran experiencia de la que aprendí muchas cosas, que no hay que estar constante mente luchando para buscar una solución, que la soledad puede ser buena si sabes estar contigo mismo y lo bueno que es recibir la ayuda y el cuidado de los demás.

 

M.C.

 

Éste ha sido el trabajo ganador de la categoría infantil del Concurso de MicroRelatos 2016

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